Silbaba el aire en Plasencia
CRÓNICAS
12/14/20254 min read
Silbaba el aire en Plasencia
Silbaba como silbaba cuando se llevó a Robe un 10 de diciembre en Barakaldo. Silbaba en Plasencia, al son de las risas, de los abrazos, de las voces llamando al viento, de las canciones que coreaban miles de almas anchas, amantes de un hombre que se fue como vino: sin nada que perder y una guitarra bajo el brazo.
Cuatro días después de morir, Jesucristo García resucitó por 12 horas como solo podía hacerlo el mesías apócrifo del rock español: de forma etérea, intocable, no en una cueva sino en un bar que agotó las existencias de cerveza y vino antes de que el sol cayera tras los molinos, de la mano de decenas de cantantes improvisados que no lloraban una muerte, sino que acaso celebraban una vida que fueron muchas.
Grupo de mujeres bailando al son de las canciones de Extremoduro
Jonatan escucha la música de un altavoz mientras sonríe en la vereda de la puerta del bar Metrópoli. Una camiseta con el nombre de Robe y una pegatina pintada a mano con la misma leyenda. Gafas de sol, chupa de cuero, vaso de cartón. Miles de personas, como Jonatan, han llegado de todas partes para el homenaje. De Cádiz, de Madrid, de Galicia, de Elche...
-Vinimos ayer, había un tributo a Extremoduro aquí cerca. Esta mañana he hecho 3 horas de cola para firmar… Los que están ahora igual no entran ni a las diez –son apenas las 16:00–.
Mira a la cámara y dice: “Saca fotos, que no va a haber otro día como hoy”. No le falta razón. Un par de horas después, en el mismo bar, canta otra canción, arrastrando un poco más la voz pero con las mismas gafas de sol, la misma chupa, la misma energía, la misma sonrisa. Sigue al pie del cañón.
Cerca, una pareja de origen vasco asentada en Plasencia –ella de Hernani, él de Basauri– escucha la música frente a una lona negra con la imagen de Robe de pie, guitarra en mano, micrófono en la boca, docenas de veces firmada en blanco. “Deberían haber hecho algo en la calle… Esto tiene que ser una celebración, celebrar su vida”, dice la mujer, cerveza en mano. También tiene una pegatina, con una letra de alguna canción escrita a mano, pegada en la camiseta.
Jonatan en el bar Metrópoli
Manuela no tiene ni 10 años y lleva escuchando las letras de Extremoduro desde la panza. Es quien lleva todo el día revoloteando por la fiesta improvisada en las afueras del bar sin dejar pared, camiseta o chaqueta sin pegatina. En una mano un rollo con suficientes adhesivos para toda Plasencia y en la otra un rotulador marrón, pregunta que qué queremos que diga la nuestra. Le enseño un par de frases de una de las canciones de Robe, dejo el móvil frente a ella para que las copie.
-No hace falta, si me la sé de memoria. –dice, divertida–
Nos da nuestras pegatinas y corre al encuentro de su padre, con el que baila al son de “La vereda de la puerta de atrás” saltando y moviendo el pelo al viento. El aire se desplaza, cruza la calle, ondea las banderas a media asta y llega hasta la puerta del Palacio de Congresos Roberto Iniesta, a la cola de personas que se pierde en la avenida y gira un par de veces para acabar en una rotonda a más de 700 metros de su inicio. Allí se celebra el homenaje oficial: un escenario, la banda de Robe interpretando canciones, Chinato cantando “Ama, ama y ensancha el alma”, cuadros, flores, un libro enorme para que los fans firmen y manden mensajes…
Fans de Robe cantando a todo pulmón a las puertas del bar Metrópoli
En esos 700 metros el aire es denso, las canciones pesan, las palabras vuelan, la gente ríe, llora, se abraza, se mira, habla, sale, bebe... Aparecen guitarras en rescoldos de hierba, otras en cemento, pequeñas multitudes se congregan para cantar y celebrar. Por todos lados hay flores amarillas, quizá en busca de un agujero en que caer, en busca de una estrella que mirar.
Mientras la cola avanza, la gente entra y sale de su pequeño homenaje de un par de minutos en la sala de actos y el sol empieza a caer. Los molinos de una montaña lejana mecen sus aspas con el atardecer sobre ellos. La última luz del día de resurrección del filósofo y poeta, que sin nada vino y mucho dio, se apaga. Nos vamos con el único recuerdo de un par de pegatinas con el texto en marrón: “Eterno Robe” y “No puedo perder nada, que vengo de la nada”.
Chicos ambientando las calles acompañados de guitarra y palmas
'Ramo' de flores amarillas hecho con una lata de cerveza y un paquete de tabaco
Y como nosotros viaja el aire, hasta cualquier esquina donde resuene un alma, y en sus silbidos suenan y sonarán canciones, se recitan y recitarán versos y se escuchan y escucharán carcajadas, también algún me cago en dios y alguna exclamación de hijo de puta. Nadie se salva. ¡Vámonos todos a tomar por culo!
Atardecer en Plasencia con los molinos de fondo
